jueves, 21 de enero de 2016

Capitulo 1: La hija de Garfio y el joven inglés.


Return ICAPITULO ANTERIOR: PROLOGO.

Capitulo 1.
LA hija de Garfio y el joven inglés.


Mis diminutos pies desnudos asomaban por el final de la manta, tenía frio pero eso no interrumpió mi lectura. Esa misma mañana había subido a la biblioteca, me recorrí las cuatro estanterías repleta de libros que quizá algún día leería. Leí el título de algunos libros donde podía llegar mi vista y no encontré ninguno que me llamara la atención. Me puse de puntillas para ver un poco más arriba y en la tercera estantería a la izquierda leí “El mundo de Sofía”. Miré a mí alrededor buscando algo a lo que subirme y alcanzar ese libro, divise la mesita de mi trona corrí hacia ella y la arrastré hasta la tercera estantería a la izquierda. Me subí con cuidado y me agarré con fuerza a los estantes. Cogí el libro, pegado a él había otro libro que cayó al suelo. Baje de la mesa de un salto y puse “El mundo de Sofía” para coger el libro caído. “El principito” leí. Sin pensarlo dos veces me fui con él al sofá que Papa había subido y allí envuelta en una manta me senté para leer un rato.

- Lizzy, ¿estás ahí? - La cabeza de mi madre se asomó por la trampilla. Levanté la mirada del libro para mirarla. – Vamos a comer ya… ¿Qué libro estás leyendo?

- El principito. – Dije poniéndome de pie y buscando algo para no perder la página. No encontré nada, así que me quite una horquilla y deje que parte del mechón que sujetaba me tapara la cara. Utilicé la horquilla como marca páginas. - ¿Qué hay de comer?

- Dios mío, Lizzy. – Dijo mientras se aproximaba con los brazos extendidos. Me dio un rápido abrazo y luego se agachó– Mira esto. – Cogió el dobladillo de mi pijama y me lo enseñó. – Casi te llega a la rodilla.

- ¿Y?

- Estas creciendo.

- No, ¿enserio? ¡No me digas! – Dije llevándome las manos a la cabeza y poniendo cara de total asombro. Mi madre sonrió, se incorporó y me dio un beso en la frente.

- Tendremos que ir de compras.

- No.

- Sí.

- No.

- Lizzy, no solo vamos a ir de compras, si no que vamos aprobarte todo el armario. – Me dio la espalda y bajo las escaleras.

- Pero...- dije corriendo tras ella.

- No hay peros. – Dijo entrando en mi habitación. – Lo necesitas.

Fui al comedor con los brazos cruzados y el ceño fruncido, por si no se notaba que estaba enfadada le daba vueltas a la comida y renuncié a comerme la ensalada. A partir de ahora no volveré a comer tanto, no quiero que la ropa que me van a obligar a comprarme hoy me quede pequeña mañana. Cuando terminé de recoger la mesa, mi madre me llamó para que subiera a la habitación.

- Empieza por probarte los pantalones. – Dijo tirándome un pantalón amarillo chillón.

- Vale.

Eso hicimos hasta bien entrada la tarde. Cuando llegó a la conclusión de que tenía que comprarme tres pantalones vaqueros, algunas faldas para alguna ocasión especial y diez camisetas, porque en todas sobre salía mi barriga. Entonces abrió la parte de los vestidos y sacó mi vestido favorito azul.

- Pruébatelo.

- Mamá, ese me está bien. – Me miró e inmediatamente me quité el conjunto anterior para ponerme el vestido. Me miré en el espejo. Me quedaba por encima de la rodilla. Aunque eso se lleve ahora, mi madre lo va a tirar, me apresure a mentir. – Ves, mamá, me esta genial.

- Te esta cortísimo. – Se ha dado cuenta.

- Es mi vestido favorito, además muchas niñas llevan vestidos por encima de la rodilla ahora.

- Se nota que te queda pequeño, Lizzy, lo siento pero tenemos que tirarlo.

- Pero es mi favorito.

- Lo siento. – Me lo quito ella misma, como si yo fuera una muñeca, yo simplemente me dejaba no podía hacer otra cosa.

Baje a duras penas las escaleras de camino al coche. Me senté en el asiento del copiloto y me puse el cinturón. Mi madre se sentó en silencio y arrancó el coche. No miré por la ventana como solía hacer así que me sorprendió mucho cunado mi madre me pidió que lo hiciera.

- ¿La casa de María y Daniel? – Vivían en una de las enormes casas construidas en el límite del pueblo, separándolo del pequeño e inofensivo bosque Guiler.

- ¿Qué te parece si mientras yo voy a comprar tú te quedas aquí con ellos? – Antes de que terminara de formular la pregunta yo ya estaba fuera del coche.

- Adiós, mamá.

- Un beso ¿no? – Volví a entrar en el coche para darle un beso en la mejilla y salí corriendo hacia la puerta de la casa de Daniel.

Llamé al timbre, miré atrás y vi que mi madre seguía en el coche. Estaba un poco nerviosa, era la primera vez que iba ir a casa de Daniel sin que mi madre me acompañara toda la estancia. Me abrió la puerta un señor muy alto que nunca había visto, supuse que sería el padre de Daniel, tenía el pelo muy rubio casi blanco y unos ojos azules muy intensos. Hizo un gesto a mi madre y escuché como el coche arrancó.

- Tú debes de ser Elizabeth. – Asentí. - Anda, sube están arriba.

Asentí de nuevo y subí las escaleras. Fui directa a la habitación de juegos pero antes de entrar escuche un piano. Sonaba Susanita, se escuchaba a trocitos, una nota, luego otra con un margen de dos o tres segundos cada nota. Abrí la puerta de una habitación en la que nunca había estado antes. Lo primero que se podía ver era una cama con una colcha del capitán Garfio y una estantería pequeña con puzles de cien piezas. El sonido del piano venia de ahí. Iba a entrar.

- Lizzy. – Lo primero que vi al girarme fue a cabellera oscura de María agachada junto a mí, atándose los cordones del zapato. – Mi madre me dijo que vendrías, pero no te he oído llegar. – Se incorporó y me dio un abrazo. Una chica de pelo claro y trenzado salió de la habitación de enfrente. Gloria. – Vamos a ir a comprar galletas y algo de beber. ¿Nos acompañas?

- ¿Vais a dejar a Dani solo?

- Lleva todo el día solo. – Dijo Gloria. - ¿A quién le importa?

- A mí me importa. – Dije sin pensar, las palabras brotaron sola de mis labios. – Es mi amigo.

- Bueno, volvemos en seguida ¿Vale? - Dijo María bajando las escaleras. - ¿Vainilla, verdad?

- ¿Qué? – Pregunte al no entender a que venia aquella pregunta. Gloria me dio un empujón al seguir a María hacia las escaleras.

- Tu sabor favorito... – Asentí. – Vale, pues chocolate y vainilla para los batidos.

Desaparecieron entre risas por las escaleras. Una vez volvió el silencio, Susanita volvió a sonar. Esta vez la melodía había cogido más velocidad. Me giré dando la espalda a las escaleras y entré en la habitación. Primero asome la cabeza. Daniel estaba tirado en el suelo con un teclado bastante grande frente a él. Tocaba las teclas con una mano y cuando llegaba a una nota concreta, volvía empezar.

- Hola. – Dije cuando me encontré junto a él.

- Hola, chica grande que ya sabe leer. – Le sonreí y me senté a su lado. - ¿Sabes tocar el piano?

- No.

- Quiero aprender. – Se incorporó y se sentó igual que lo había hecho yo, con las piernas cruzada.- ¿Sabes cantar?

- ¿Quién no sabe cantar?

- ¿Susanita? – Asentí con la cabeza. – Canta hasta “cerca del radiador…”

Me daba un poco de vergüenza cantar con sus ojos azules abiertos como plato y mirándome tan atentamente. Cerré los ojos para no tener que ver sus ojos fijos en mí, aunque la sensación no desaparecía, sabía que me estaba mirando.

Susanita tiene un ratón

Un ratón chiquitín

Que come chocolate y turrón

Y bolitas de anís

Duerme cerca del radiador

Imitó el ritmo que le había puesto a la canción, con la misma velocidad. Me hizo repetir la estrofa a la vez que el tocaba la melodía con el piano.

- Sigue la canción.

Abrí los ojos para ver cómo se concentraba en tocar el piano y comencé a cantar como si eso lo hiciera todos los días.

Duerme cerca del radiador

Con la almohada en los pies

Y sueña que es un gran campeón

Jugando al ajedrez

Le gusta el futbol

El cine y el teatro

Baila tangos y rock'n roll

Y si llegamos y nota que observamos

Siempre nos canta esta canción

Repetimos la canción varias veces hasta que dejo de tocar el piano y yo le seguí dejando de cantar.

- Cantas muy bien. – Me dijo apoyando sus codos en las teclas del piano haciendo un ruido casi armonioso.

- Y tú tocas muy bien el piano. – Sonreí. – Sobre todo con el codo.

- ¿Quieres jugar a algo? – Me encogí de hombros. - ¿Quieres jugar a las princesas?

Entonces vi un cajón de donde salía una espada de madera y mi imaginación comenzó a fluir de alguna manera. Me levante y me acerqué al cajón.

- Oh podríamos jugar a que tú eras un joven inglés que había sufrido un naufragio y fuiste a parar a la isla donde los terribles piratas estaban buscando un tesoro. – Dije sacando la espada del cajón. Me apresuré a apuntar con ella a Daniel que sonreía mientras me escuchaba. – Pero los terribles piratas, no eran tan malos al fin y al acabo. – Levante la espada y la examine con la otra mano. – Ya que tenían como capitán a una joven chica, hija del recién fallecido capitán Garfio. – Señale el capitán Garfio que había en la colcha de la cama. – por culpa de un feroz cocodrilo terrestre.

- Ese juego suena más tentador. – Dijo poniéndose en pie y acercándose a mí. - ¿Y qué haréis cuando me encontréis?

- Mi tripulación querrá matarte, pero yo me negare, no temáis por eso. – Dije adoptando un vocabulario medieval.

" La tierra estaba húmeda y me costaba despegar los pies del suelo, andaba con dificultad. La playa era pequeña pero espaciosa. Vi a un chico sentado en la orilla. Salimos de la selva cambiando la textura del suelo. Ahora los pasos se hacían pesados. Mi tripulación y yo logramos llegar al chico que estaba en la orilla jugando con la arena.

- ¿Qué haces aquí? – Le pregunté cuando ya estuve lo suficientemente cerca para que pudiera oírme.

El chico rubio me miró, no estaba asustado, pero tampoco parecía muy tranquilo. Se puso en pie y mi tripulación dio un paso hacia delante con las espadas desenvainadas. Tendí un brazo para que entendiera que no pasaba nada y que todo estaba bien. El chico parecía desalmado.

- ¿Qué haces aquí? – Le repetí.

- No lo sé. – Dijo con seguridad. – Iba en un barco de vuelta a Inglaterra y… - Se encogió de hombros.

- “¿Qué hacemos con él, capitan?”

- Que venga con nosotros. – Dije lanzándole una rápida mirada de arriba abajo. – Puede sernos útil.

Miré hacia nuestro barco, junto a él ahora se encontraba otro barco desconocido. Tardé un poco en reaccionar cuando vi que comenzaron a saltar sobre nuestro barco. Desenvaine una de las espada que tenía en el costado y se la tendí al chico con la confianza de que no se volviera contra mí.

- ¿Sabes defenderte? – El asintió. – Smith ¿Dónde escondiste la barca?

- “Sígame capitán” – Le di la espalda al chico y comenzamos a seguir a Smith.

Tras una roca y bajo varias capas de hojas de palmera encontramos la barca que nos trajo hasta la orilla horas antes.

- Podría haberse currado más el escondite. – Dijo el chico.

- “Callese…" - Dijo uno de mis hombres alzando el puño.

- Tiene razón. – Dije.- Este sitio es muy visible. ¿Cómo te llamas? – Le pregunté por primera vez al chico.

- ¿Puedo elegir un nombre distinto al mío? – Entrecerré los ojos, este chico no estaba muy acostumbrado a jugar. Asentí. – Me llamo Fred.

- Bien, Fred. – Dije. – Me vendrá bien un chico inteligente en la tripulación.

Subimos a la barca y dos de mis hombres remaron lo más rápido posible. Una vez a los pies del barco Subimos con total sigilo hasta donde se encontraba el resto de mis hombres peleando contra los invasores. Desenvainé mi otra espada, la de mi padre, y me uní a la pelea. "

María entró en la habitación con una bandeja y Gloria la seguía muy de cerca. Daniel y yo nos quedamos con las espadas alzadas un tiempo. Gloria dejo escapar un par de carcajadas y Daniel y yo las soltamos casi al mismo tiempo.

- ¿De qué te ríes? – Le solté a Gloroa mientras María sonriente ponía la bandeja con los batidos en el escritorio de Dani.

- ¿A qué jugabais? – Preguntó María sentándose en la silla y tendiendo un vaso de batido de chocolate a su hermano. Luego me tendió a mi uno de vainilla.

- Ella era pirata y yo un inglés que había naufragado.

- Basura. – Dijo Gloria entre tos y tos.

- ¿Es que nunca te han concedido el deseo de divertirte? – Le pregunté mientras le daba un sorbo a mi batido de vainilla.

- No me divierte pegar al aire con una espada de madera.

- ¿Y qué cosas te divierten? – Preguntó Daniel cambiando el vaso de chocolate por una galleta.

- … - Se cruzó de brazos. Yo me senté en el suelo y Daniel me imito al instante.

- A mí me divierte hacer deporte. Cualquiera. Futbol, baloncesto, beisbol…- Dijo María mientras hacía girar la silla. – Usar la imaginación nunca ha sido mi fuerte.

- Eso es porque nunca has jugado con Lizzy. – Dijo Daniel. – Es como si su imaginación te contagiara. Prueba a jugar un día con nosotros. – María asintió sonriente.

Cuando terminamos de merendar salimos al jardín trasero, daba al pequeño bosque, pero una valla enorme nos separaba de él. Había una pequeña portería de futbol y una canasta pegado a la pared exterior de la casa, bajo la canasta había dos bicicletas y un triciclo. El jardín era más grande de lo que parecía desde la ventana. María sacó una pelota y propuso jugar al 1X2. Todos aceptamos incluso Gloria, que no parecía estar de acuerdo con nada que estuviera relacionado con el verbo “jugar”. El resto de la tarde se pasó muy rápido.

- Qué curioso es el tiempo. – Susurré cuando me senté en el asiento del copiloto del coche de mi madre. Miré por la ventana. Daniel estaba en la puerta de su casa despidiéndose con la mano. Me despedí de la misma forma hasta que el coche me hizo perderle de vista. – Que curioso.

1 comentario:

¿Podrías proporcionar un poco de purpurina a este blog? Deja tu comentario y no olvide despedirte con una...
¡DOBLE RACIÓN DE PURPURINA!