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lunes, 21 de marzo de 2016

Capitulo 3: Misión cumplida.

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Capitulo 3.
Misión Cumplida.

Terminé de hacer los deberes que la profesora nos había mandado y sigilosamente salí de mi habitación. Caminé de puntillas por el largo pasillo hasta las escaleras del ático. Subí el primer peldaño y luego me salté el segundo pasando directamente al tercero. Entonces escuché una voz, y me quedé quieta, esperando a que la voz cesara, pero no ceso. Era la de mi padre.

- ¿Bueno y que hacemos entonces en navidad? – Cada vez la escuchaba más cerca, pero luego comenzó alejarse de nuevo, pero mi padre ya no hablaba, chillaba. – ¡Yo intentando que mis días de descanso coincida con la navidad, para pasarla con ustedes y ahora… - Se quedó callado, supuse que estaba hablando por teléfono. – Bueno. – Siguió diciendo. – Aún queda mucho para Navidad… Sé que necesitamos el dinero, pero es una niña y es el único día que pasamos la familia al completo… inténtalo, por favor… gracias….Yo también te quiero. – Me quedé mirando la puerta de la habitación de mis padres. El pomo comenzó a girarse y me apresuré a subir las escaleras lo más rápido que pude sin importarme el ruido que hacía.

Fui directa al sofá donde había dejado “El principito” y me senté a leer. Me quedé mirando el dibujo de la boa que se había comido a un elefante y me sentí muy mal, porque yo seguía viendo un sombrero, pese a que había leído que era una boa que se había comido a un elefante. A simple vista el dibujo era un sombrero, pero claro ¿Quién puede imaginar que es la silueta de una boa con un elefante dentro? Según este libro, un niño, pero yo era una niña y no lo había imaginado así, para mí era un sombrero. Eso no podía verlo un simple niño, si no tan solo el niño que hizo el dibujo.

— “¡Por favor… píntame un cordero!”- leí en voz alta y me reí. Seguí leyendo para mí misma hasta la siguiente vez que el principito hablo. — “¡No importa…píntame un cordero!”

— ¿Lizzy? – Sé que me puse roja como un tomate al escuchar la voz de mi padre. ¿Me habrá escuchado leer en voz alta?

— Sí. – Dije cerrando el libro, con la misma horquilla que la otra vez.

— Te estaba buscando. ¿Cuándo has subido? – Mi padre asomó por la trampilla y me dedicó una sonrisa. - ¿Qué haces aquí encerrada? ¿Has visto que buen día hace?

— Quería leer un poco. –dije alzando el libro del principito.

— Lizzy, para eso siempre hay tiempo. ¿Has terminado los deberes? – Asentí. – Genial vamos al parque, vístete.

— Papá, no quiero ir. – dije quejándome. – No me gusta el parque, no me gustan los bichos, no me gusta el césped.

— ¿Te gusta el ser humano? – me preguntó sin moverse del sitio.

— ¿A qué te refieres con ser humano?

— Sociedad. – dijo mi padre señalando la trampilla. – Niños. Jugar. Hacer amigos.

— Tengo amigos. – dije sin moverme del sofá.

— ¿Consigo que salgas al exterior si recogemos a Daniel antes de ir al parque? – me puse de pie de inmediato. - ¿Eso es un sí?

Baje las escaleras de la trampilla pasando junto a mi padre. Él bajo a toda prisa detrás de mí y me cogió en volandas y ahora es cuando recuerdo porque había tenido tanto cuidado al salir de mi habitación. No quería salir a la calle, no quería ir al parque y sabía que mi padre, acabaría por llevarme si se enteraba que había terminado los deberes.

- ¿Qué me dices? – dice bajando las escaleras que daban a la entrada. - ¿Llamamos a Daniel?

- Papá, llama a Daniel, pero déjame en el suelo.

- Que sosa eres, Lizzy. – me dejo en el suelo y se agacho para estar a mi altura. – Al menos dime que de mayor amaras el rock and roll.

- No puedo decir que me guste, mamá no me deja escuchar música escandalosa.

- Mamá es un infierno. – dice cruzándose de brazos y poniendo cara de morritos. Me hace gracia y me rio.

Mi padre me cogió el chaquetón del perchero, que está demasiado alto. Me lo puse y salí corriendo hacia el coche. Me senté en el asiento del copiloto y mi padre me abrochó el cinturón. Hace dos o tres años que aprendí a ponerme el cinturón yo solita, pero mi padre se empeñaba en ponérmelo él. Me pregunté si cuando tuviera dieciocho años y fuera una adulta insistiría en hacerlo. Me reí y él me miró sonriente. Se sentó en el asiento del conductor.

- Veras que bien nos lo vamos a pasar, Lizzy. – Arrancó el coche y puso la radio. Iba a proponer que pusiera la emisora que me gustaba escuchar, pero él cambio a otra emisora. – Rock.fm. – dijo sonriente. – No sé lo digas a mamá.

Era un solo de batería, sabia reconocer el sonido de una batería. Luego se le unió una guitarra, luego un bajo y finalmente un chico cantando en inglés. Instintivamente comencé a mover la pierna derecha al ritmo de la batería y sin darme cuenta mis dedos también estaban siguiendo el ritmo. Mi padre me miró y me dedicó una sonrisa.

- ¿Te gusta? – Asentí y no mentía, me gustaba. – Es una buena versión de “Guns for Hire”, pero no es la original. Esta versión es de un grupo llamado Firerock, son buenos, pero son unos nenazas.

- Papá no entiendo nada de lo que me estás hablando. – Le dedicó una sonrisa a la carretera y luego me acarició el pelo con su mano derecha.

- ACDC. – Se limitó a decir. – Los mejores.

Guardamos silencio el resto del trayecto hasta la casa de Daniel. Mi padre salió del coche para llamar a la puerta. Le abrió el padre de mis amigos y se quedaron charlando unos minutos, luego mi padre se giró y me saludo. Daniel salió corriendo de la casa hacia el coche. Corría hacia mí, hacia la ventana.

- ¿A qué vamos a jugar hoy? – Me preguntó con los ojos como platos.

- No lo sé. – Dije encogiéndome de brazos. – Ya se me ocurrirá algo, las cosas son más divertidas si no se planifican.

Mi padre corrió hasta le coche.

- Sube al coche campeón. – Le dijo Daniel.

- Vale. – Dijo este y abrió con dificultad la puerta trasera. Se subió.

- Ponte el cinturón. – Le ordené.

- Hecho. – Dijo al instante.

- Perfecto. – Dijo mi padre volviendo a poner la radio. La canción que rompió el silencio ya estaba empezada. Esta canción era mucho más tranquilita que las que habían escuchado antes de llegar a casa de Daniel. Me gustaba.

- Nirvana. – Dijo Daniel.

- ¿Conoces el grupo? – Mi padre le miró de reojo. Vi por el espejo, como Daniel asentía. – Me encanta este chico. – Dijo poniendo su enrome mano en mi pequeña rodilla. – Me gusta los amigos que haces.

- A mí también. – Le dije sonriente.

Poco después llegamos al parque. Había un grupo de niños jugando con un balón y algunas niñas en el arenero. Cuando entramos en el parque resoplé, miré a Daniel que me miraba atentamente con los ojos muy abiertos.

- ¿A que vamos a jugar? – Me preguntó.

- David, el oloroso. – Dije. – Ha robado una Gema historica del museo de Marie Ferson.

- ¿El museo de enfrente? – Asentí.

- Tenemos que encontrar esa Gema. – Dije sonriente. –Pero nadie sabe quiénes somos.

- ¿Y quiénes somos?

- Agentes secretos, Dani, agentes secretos.

- Entonces no puedes decir mi nombre de verdad.

- Tienes razón agente Z. – le dije sonriente.

- Empecemos agente B.

- ¿B? - Pregunté un poco confusa.

- De bonita. – Me reí.

Salimos del museo de Marie Ferson, había oscurecido. Miré al compañero que me habían asignado. El agente Z, observaba la entrada con total atención. Me acerqué a él.

- ¿Alguna pista? – negó con la cabeza. - ¿Si fueras un ladrón que harías?

- Escalaria el edificio más cercano.

- Hay dos, uno a cada lado. – Observé. –Si elegimos el edificio equivocado, perderemos tiempo. – El agente Z se llevó una mano a la barbilla. – Tenemos que separarnos. – Asintió.

- Yo subo el edificio de la derecha tú al de la izquierda.- Asentí y le di la espalda.

Di vueltas al edificio. ¿Por dónde empezaría? Entonces encontré una escalera que iba a una de las ventanas. Satisfecha, subí. Que fácil había sido. Entre en la ventana, la habitación estaba vacía y no había rastro de que hubiera nadie, de hecho, parecía una apartamento abandonado. Caminé despacio, atenta a todo los rincones, cogí mi pistola de mi cintura y apunté a la nada, por si acaso. No había nada en todo el apartamento. Me asomé a otra ventana. El ladrón ha tenido que huir por aquí. Una tabla de madera unía esta ventana con la de enfrente. Llamé al agente Z, pero no daba señales de vida. ¿Estaría en peligro? Volví a la ventana principal y observé. Vi al agente Z desde allí, acababa de salir de una de las puertas del edificio. Miré mi reloj y con los rayos de sol reflejados en él, conseguí que me prestara atención. Con gestos le dije que subiera hasta allí. No tardo ni cinco minutos.

- Agente Z, se ha tenido que marchar por aquí. – Dije señalando la otra ventana.

- En el otro edificio no había rastro del ladrón.

Ambos nos acercamos a la ventana por donde había escapado el ladrón. El agente Z puso un pie en la tabla con cuidado, con el mismo cuidado puso el otro pie. Me tendió una mano y se la agarré con fuerza. Puse un pie con miedo. Él dio un paso hacia adelante sin soltarme la mano. Yo puse el otro pie y le seguí. Llegamos a la otra ventana más rápido de lo que me había imaginado. La ventana era de una habitación de una chica adolescente, había muchos posters de grupos de música y tenía las paredes de color rosa chicle. La habitación estaba desordenada, pero un desorden normal en el cuarto de un adolescente.

- ¿Crees que este desorden lo ha causado el ladrón? – preguntó el agente Z.

- No, mi dormitorio comparte el mismo desorden. – dije levantando una camiseta blanca que había sobre la colcha rosa chillón.- Odio el rosa.

- Tu camiseta es rosa. –miré mi camiseta, efectivamente es rosa.

- Madres. – dije un poco desanimada. Escuchábamos atentamente el silencio que se vio interrumpido por un fuerte estruendo, como una caída.

Corrimos hasta la siguiente ventana. Un chico vestido de negro había caído en un cubo de basura. Estaba en el segundo apartamento, se nos estaba escapando.

- Es él. – dijo el Agente Z.

- Que astuto. – dije con un poco de ironía.

Me agarré a la tubería y me deslicé hasta el suelo. El agente Z hizo la mismo. Una vez en el suelo le miré.

- Ha ido hacia la derecha. – dijo correspondiendo a la mirada.

Corrimos por las calles siguiendo una silueta negra hasta que llegamos a un callejón sin salida. Cogí la pistola de mi cintura de nuevo, no recordé haberla guardado. El agente Z hizo lo mismo y ambos apuntamos a la silueta negra.

- ¿Dónde está la gema? - preguntó el agente Z.

- ¿Para qué quiere un enano como tu una gema? – Una voz femenina surgió de atrás nuestras .Agente Z se giró. Yo no me moví, seguí apuntando con mi pistola al ladrón. – Suelten las armas, yo también estoy armadas.

- Suéltala tú. – dijo el agente Z.

Nos quedemos así un rato. El agente Z, apoyó su espalda en la mía. Yo apuntaba al ladrón, él apuntaba a la chica, que aún no había visto, y ella le apuntaba a él. Me comenzaban a sudar las manos. Estaba cada vez más nerviosa y los segundos se me hacían eternos.

- Suelten las armas. – Repitió la voz femenina.

- No. – dijo el agente Z. Estaba muerta de miedo, sentía como si en cualquier momento mis manos fueran a temblar tanto y pudiera quedar desarmada. Respiré hondo varias veces hasta lograr tranquilizarme.

- David. – Dijo la voz femenina. – Vete, la chica no se atreverá a dispararte.

Entonces me giré y apunté a su mano. Disparé. Ella gritó de dolor y dejo caer la pistola. El agente Z corrió hacia el arma de la mujer y yo volví apuntar al ladrón. Volví a sentir la espalda del agente Z tras la mía. Eso me hacía sentir segura.

- Bien. – dije, me costaba respirar, pero parece que no se había notado en mi voz. Tomé aire y escupí una amenaza. – David, deja la gema en el suelo y ve a buscar al médico si no quieres convertirte en un paciente en estado grave.

David dejo la gema en el suelo y salió corriendo pasando por mi lado. La mujer seguía quejándose de dolor y maldecía en voz alta. David no se paró ante ella, salió corriendo y la dejo atrás. Di pasos sigilosos y muy atentos a todo lo que pasaba alrededor, sin despegar la vista de la mujer, aunque el agente Z se estuviera ocupando de ella no me fiaba. Cogí la gema y me la guardé en el bolsillo.

- ¡David! – chilló la mujer apretándose la mano derecha, donde yo le he disparado, con la izquierda. - ¡David, vuelve! – pero David ya estaba muy lejos para escucharla.

El agente Z, sacó sus esposas del bolsillo trasero de su cinturón. Y se acercó a la mujer para esposarla. Tomó su mano herida con cuidado y le colocó las esposas en sus delgadas muñecas. Me acerqué a mi compañero y le puse una mano en el hombro.

- ¿Tienes la gema? – Me preguntó haciendo levantar a la chica. Asentí. – Misión cumplida.


Daniel me alzó la mano con los cinco dedos extendidos, puse mi mano sobre la suya haciendo sonar una palmada. De repente estábamos en medio del parque, frente a los columpios. Miramos el único columpio que quedaba libre.

- Si quieres puedes montarte tu y yo te empujo… - me invitó Daniel. Negué con la cabeza. - ¿Te columpias tu sola?

- No. – busqué a mi padre con la mirada, pero no lo encontré. – Vamos a los toboganes, allí podemos subir los dos.

domingo, 21 de febrero de 2016

Capitulo 2: El azul es mi color favorito.

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Capitulo 2.
El azul es mi color favorito. 


María bajo junto a mí las escaleras del colegio, se paró de golpe para atarse los cordones de su zapatilla de deporte. La espere instintivamente como hacia siempre aunque al cruzar el lumbral de la puerta del patio cada una tomaría un camino diferente. Ella se iba con chicas de otra clase y de otros cursos a jugar al futbol, en cambio yo iba a la verja que me separaba de Daniel, con Daniel. Todos los días, en el mismo lugar donde nos conocimos, desde que nos conocimos. Al llegar a la puerta del patio María me agarró de la mano y me obligó a frenar.


- Lizzy, ¿Vienes a jugar? – Era la primera vez que me lo preguntaba desde que nos conocíamos, y aunque siempre había deseado que me lo propusiera, negué con la cabeza. - ¿Por qué?

- Dani. – Dije señalando la verja.

- Siempre igual. – Dijo soltándome la mano. - ¿por qué?

- ¿Por qué… qué?

- Porque siempre estas con él.

- No entiendo. – Sinceramente no entendía adonde quería llevar. Me hizo un gesto de negación y se fue hacia sus amigas. – Pásalo bien con el prodigio.

- Lo haré. – Dije retomando mi camino.

Daniel estaba sentado donde la primera vez que le vi, pero mirando hacia la verja. Tenía la cabeza agachada y las manos ocupada con un trozo de cuerda. Parecía muy concentrado.

- ¿Qué estás haciendo? – Le pregunté mientras me sentaba frente a él.

- Una pulsera. – Alzó la cabeza y me miró sonriente, como siempre. Sonreí. – Es para ti, si consigo cerrarla, claro.

- ¿Qué has hecho hoy en clase? – Dije abriendo el bolsillo pequeño de mi mochila. Palpé varias veces dentro del bolsillo. El bocadillo no estaba. Saqué en su lugar, un papel doblado varias veces. Lo saqué. – Se me ha olvidado el bocadillo.

- Yo tengo, podemos compartirlo. – Dijo y me tendió la pulsera. – Son cuerdas de la guitarra que me compre en la feria. Hacen una pulsera muy bonita.

- Gracias. – Dije tendiéndole la mano derecha para que me la pusiera él. - Haz el favor. – Le pedí inclinando un poco la cabeza. Él se limitó a sonreír y a obedecer.

- ¿Qué es eso? - Dijo señalando el trocito de papel que tenía en la otra mano.

- Lo tenía en la mochila.

Entonces recordé el primer día que le vi, cuando le dije que no sabía leer, él subió al segundo piso para buscarme y darme una nota. Daniel soltó mi mano cuando hubo terminado de poner la pulsera. Fui desdoblando el papel poco a poco. Era aquella nota.

- Es la nota que me diste el primer día de clase. – Dije alisando el papel varias veces.

- ¿Lo leíste ya? – Me preguntó acercándose un poco más a la verja.

- No. – Dije agachando la cabeza. No puedo creerme que se me hubiera olvidado esa nota. – Se me olvido. ¿Puedo hacerlo ahora?

- Creo que es el mejor momento para hacerlo. – Le miré a los ojos, él me correspondió y me dedicó una sonrisa con picardía, parecía un niño apunto de hacer una travesura. – Léela en voz alta.

- Vale. – Miré la nota y la leí. – Me gusta mucho tu vestido, el azul es mi color favorito.

Mi vestido azul. La nota era sobre mi vestido de volantes azul. No pude evitar sonrojarme aunque el vestido ya no lo tenía puesto y ya ni siquiera estaba en mi armario. Le miré por arriba del papel. Se había apoderado de un palo y hacia círculos en la arena, pero sin dejar de mirarme y sin eliminar esa sonrisa.

- Me estas poniendo nerviosa. – Dije volviendo a doblar el papel.

- Lo sé. – Dijo sin dejar de mirarme a los ojos. – Me gusta ponerte nerviosa, te poner roja.

- ¿Y te parece gracioso? – Le tiré el trozo de papel que había doblado y él lo guardo en su mochila azul.

- Es mi nota. – Protesté.

- Es el precio a pagar por medio bocadillo. – Sacó un bocadillo de su mochila lo desenvolvió y lo partió por la mitad. – Para ti.

Acepté la mitad del bocadillo y ambos guardamos silencio mientras nos lo comíamos. Él no dejaba de mirarme y yo no dejaba de fijarme en cualquier otra cosa que no sea en sus ojos azules puestos en mí. No me gustaba que me vieran comer. Le di el último mordisco al bocadillo y lo tragué casi sin masticar.

- ¿Zumo? – Miré a Daniel que había dejado de mirarme para buscar en su mochila. – Es de piña y uva.

- Me vale. – Cuando me lo tendió lo abrí y bebí un poco. Se lo devolví. – Gracias.

- ¿Por qué te da vergüenza?

- ¿El qué? - Daniel se bebió lo que yo había dejado de zumo y guardo el cartón de nuevo en la mochila.

- Que te mire.

- No es vergüenza, es que… - Me sacudí las migas de pan que se me habían quedado en el jersey. – Simplemente me intimidas un poco, no estoy acostumbrada a …

- ¿A qué te presten atención? – Le miré a los ojos, el ya estaba mirándome cuando lo hice. Asentí.

- Supongo que es eso.

Guardamos silencio hasta que sonó el timbre para volver a clase. Me puse en pie y el hizo lo mismo.

- Mañana no vengo. – Dijo sacudiéndose el pantalón y quitándose un poco la arena.

- ¿Por qué? – Observé como se colocaba la mochila en la espalda.

- Tengo una prueba.

- ¿Cómo que una prueba? – Colgué mi mochila en mi hombro.

- Antes de que empezara la primera hora me encerré en el baño y allí me quedé leyendo el libro de Mitos Griegos que me regalaste.

- ¿Otra vez? – Pensé en voz alta, pero él no me había escuchado había sido como un susurro. - ¿No entraste en clase?

- No. – Dijo agarrándose a la verja que nos separaba.

- ¿No te gusta aprender? – Dije acercándome a la verja para escucharlo mejor.

- Sí, sabes que me encanta. – Dijo en voz muy baja, pero le escuché perfectamente. – Es que ya se sumar, por lo tanto no necesito saber los números. – Me reí. Yo también pensaba eso los primeros días de “Matemáticas” Daniel me miró y se rió también. – Ya se leer, por lo tanto me es inútil aprenderme el abecedario. – Guardamos silencio durante unos segundos, no había nadie en mi parte del patio y en la suya tampoco. Solo estábamos él y yo. – Por eso me van hacer la prueba.

- Vaya. – Dije un poco triste. ¿Qué voy hacer yo sin él en la media hora libre de mañana? - ¿Y en qué consiste la prueba?

- No lo sé, ni siquiera sé que es una prueba, pero no puedo coger ningún diccionario hasta que llegue a casa.

- Una prueba es un como un examen.

- Y un examen es…

- Una serie de preguntas que hacen para evaluarte.

- ¿Y para qué?

- Pues…

- ¡Daniel! – La voz de una profesora sonó e hizo eco en el patio, que se encontraba desierto. Daniel se despidió con la mano y salió corriendo hacia ella. Yo hice lo mismo, salí corriendo hasta la puerta.

Con la misma velocidad subí las escaleras. Llegué asfixiada a clase y antes de entrar paré para tomar aire. Conté hasta tres y abrí la puerta. Todos se quedaron mirándome.

- ¿Te encuentras mejor? – Me preguntó la profesora. Asentí, aunque no sabía porque me preguntaba eso. – Siéntate, por favor.

La obedecí en silencio. Comencé a sacar los materiales de conocimiento del medio, mientras la profesora nos explicaba la diferencia entre carnívoros, omnívoros y herbívoros. Cuando lo coloqué todo, María me paso una nota con un disimulo un poco descarado, le sonreí y leí la nota.

“Como vi que no subías le dije que te encontrabas mal y que subirías cuando te encontraras mejor”

Miré a la profesora que dibujaba un perro en la pizarra. Le di la vuelta al trocito de papel que me había pasado María y cogí un bolígrafo azul de su mesa. Me lo llevé a la barbilla y medite las palabras para darle una respuesta, leía muy rápido pero me costaba más escribir y que estas letras sean a su vez legibles.

“¿Y se lo ha creído?”

Le tendí la nota con el bolígrafo y seguí preparando mi material escolar, abriendo cuidadosamente el libro y el cuaderno. Miré a la clase para comprobar que no había hecho ruido y satisfecha miré a mi mesa de nuevo, la respuesta de María ya estaba ahí.

“Sí, eres la niña de sus ojos.”

- Lizzy. – Me llamó la profesora. Alcé la vista un poco nerviosa. – Tenemos aquí un perro, una persona y una oruga. ¿Cuál dirías tú que es el herbívoro?

- ¿La oruga? – Era obvio que era la oruga, así que no entiendo porque puse ese tono de duda.

- ¿Por qué? – Me volvió a preguntar la profesora.

- Porque come hojas. – Dije esta vez con más seguridad.

- Muy bien… - Dijo y siguió explicando pero volví agachar la mirada a la nota.

Guardé la nota y me concentre en atender a la profesora. Miré los dibujos que había en la pizarra, un perro un poco deformado, un monigote y tres círculos perfectamente trazados muy juntos, supuse que era la oruga. Saqué un lápiz de mi estuche, rosa, y comencé a trazar en mi cuaderno. Pensaba dibujar los dibujos de la pizarra pero me concentre en el perro y comencé a darles detalles. Añadí una cara de cachorrito, me salió un poco tiste, para disimularlo añadí un poco de pelo y empecé a sombrear. No tengo ni idea de sombrear dibujos. Cuidadosamente difumine un poco con el dedo, por instinto. De repente tenía un borrón grisáceo en medio de mi cuaderno de conocimiento del medio.

- Tengo que aprender. - Susurré.

jueves, 21 de enero de 2016

Capitulo 1: La hija de Garfio y el joven inglés.


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Capitulo 1.
LA hija de Garfio y el joven inglés.


Mis diminutos pies desnudos asomaban por el final de la manta, tenía frio pero eso no interrumpió mi lectura. Esa misma mañana había subido a la biblioteca, me recorrí las cuatro estanterías repleta de libros que quizá algún día leería. Leí el título de algunos libros donde podía llegar mi vista y no encontré ninguno que me llamara la atención. Me puse de puntillas para ver un poco más arriba y en la tercera estantería a la izquierda leí “El mundo de Sofía”. Miré a mí alrededor buscando algo a lo que subirme y alcanzar ese libro, divise la mesita de mi trona corrí hacia ella y la arrastré hasta la tercera estantería a la izquierda. Me subí con cuidado y me agarré con fuerza a los estantes. Cogí el libro, pegado a él había otro libro que cayó al suelo. Baje de la mesa de un salto y puse “El mundo de Sofía” para coger el libro caído. “El principito” leí. Sin pensarlo dos veces me fui con él al sofá que Papa había subido y allí envuelta en una manta me senté para leer un rato.

- Lizzy, ¿estás ahí? - La cabeza de mi madre se asomó por la trampilla. Levanté la mirada del libro para mirarla. – Vamos a comer ya… ¿Qué libro estás leyendo?

- El principito. – Dije poniéndome de pie y buscando algo para no perder la página. No encontré nada, así que me quite una horquilla y deje que parte del mechón que sujetaba me tapara la cara. Utilicé la horquilla como marca páginas. - ¿Qué hay de comer?

- Dios mío, Lizzy. – Dijo mientras se aproximaba con los brazos extendidos. Me dio un rápido abrazo y luego se agachó– Mira esto. – Cogió el dobladillo de mi pijama y me lo enseñó. – Casi te llega a la rodilla.

- ¿Y?

- Estas creciendo.

- No, ¿enserio? ¡No me digas! – Dije llevándome las manos a la cabeza y poniendo cara de total asombro. Mi madre sonrió, se incorporó y me dio un beso en la frente.

- Tendremos que ir de compras.

- No.

- Sí.

- No.

- Lizzy, no solo vamos a ir de compras, si no que vamos aprobarte todo el armario. – Me dio la espalda y bajo las escaleras.

- Pero...- dije corriendo tras ella.

- No hay peros. – Dijo entrando en mi habitación. – Lo necesitas.

Fui al comedor con los brazos cruzados y el ceño fruncido, por si no se notaba que estaba enfadada le daba vueltas a la comida y renuncié a comerme la ensalada. A partir de ahora no volveré a comer tanto, no quiero que la ropa que me van a obligar a comprarme hoy me quede pequeña mañana. Cuando terminé de recoger la mesa, mi madre me llamó para que subiera a la habitación.

- Empieza por probarte los pantalones. – Dijo tirándome un pantalón amarillo chillón.

- Vale.

Eso hicimos hasta bien entrada la tarde. Cuando llegó a la conclusión de que tenía que comprarme tres pantalones vaqueros, algunas faldas para alguna ocasión especial y diez camisetas, porque en todas sobre salía mi barriga. Entonces abrió la parte de los vestidos y sacó mi vestido favorito azul.

- Pruébatelo.

- Mamá, ese me está bien. – Me miró e inmediatamente me quité el conjunto anterior para ponerme el vestido. Me miré en el espejo. Me quedaba por encima de la rodilla. Aunque eso se lleve ahora, mi madre lo va a tirar, me apresure a mentir. – Ves, mamá, me esta genial.

- Te esta cortísimo. – Se ha dado cuenta.

- Es mi vestido favorito, además muchas niñas llevan vestidos por encima de la rodilla ahora.

- Se nota que te queda pequeño, Lizzy, lo siento pero tenemos que tirarlo.

- Pero es mi favorito.

- Lo siento. – Me lo quito ella misma, como si yo fuera una muñeca, yo simplemente me dejaba no podía hacer otra cosa.

Baje a duras penas las escaleras de camino al coche. Me senté en el asiento del copiloto y me puse el cinturón. Mi madre se sentó en silencio y arrancó el coche. No miré por la ventana como solía hacer así que me sorprendió mucho cunado mi madre me pidió que lo hiciera.

- ¿La casa de María y Daniel? – Vivían en una de las enormes casas construidas en el límite del pueblo, separándolo del pequeño e inofensivo bosque Guiler.

- ¿Qué te parece si mientras yo voy a comprar tú te quedas aquí con ellos? – Antes de que terminara de formular la pregunta yo ya estaba fuera del coche.

- Adiós, mamá.

- Un beso ¿no? – Volví a entrar en el coche para darle un beso en la mejilla y salí corriendo hacia la puerta de la casa de Daniel.

Llamé al timbre, miré atrás y vi que mi madre seguía en el coche. Estaba un poco nerviosa, era la primera vez que iba ir a casa de Daniel sin que mi madre me acompañara toda la estancia. Me abrió la puerta un señor muy alto que nunca había visto, supuse que sería el padre de Daniel, tenía el pelo muy rubio casi blanco y unos ojos azules muy intensos. Hizo un gesto a mi madre y escuché como el coche arrancó.

- Tú debes de ser Elizabeth. – Asentí. - Anda, sube están arriba.

Asentí de nuevo y subí las escaleras. Fui directa a la habitación de juegos pero antes de entrar escuche un piano. Sonaba Susanita, se escuchaba a trocitos, una nota, luego otra con un margen de dos o tres segundos cada nota. Abrí la puerta de una habitación en la que nunca había estado antes. Lo primero que se podía ver era una cama con una colcha del capitán Garfio y una estantería pequeña con puzles de cien piezas. El sonido del piano venia de ahí. Iba a entrar.

- Lizzy. – Lo primero que vi al girarme fue a cabellera oscura de María agachada junto a mí, atándose los cordones del zapato. – Mi madre me dijo que vendrías, pero no te he oído llegar. – Se incorporó y me dio un abrazo. Una chica de pelo claro y trenzado salió de la habitación de enfrente. Gloria. – Vamos a ir a comprar galletas y algo de beber. ¿Nos acompañas?

- ¿Vais a dejar a Dani solo?

- Lleva todo el día solo. – Dijo Gloria. - ¿A quién le importa?

- A mí me importa. – Dije sin pensar, las palabras brotaron sola de mis labios. – Es mi amigo.

- Bueno, volvemos en seguida ¿Vale? - Dijo María bajando las escaleras. - ¿Vainilla, verdad?

- ¿Qué? – Pregunte al no entender a que venia aquella pregunta. Gloria me dio un empujón al seguir a María hacia las escaleras.

- Tu sabor favorito... – Asentí. – Vale, pues chocolate y vainilla para los batidos.

Desaparecieron entre risas por las escaleras. Una vez volvió el silencio, Susanita volvió a sonar. Esta vez la melodía había cogido más velocidad. Me giré dando la espalda a las escaleras y entré en la habitación. Primero asome la cabeza. Daniel estaba tirado en el suelo con un teclado bastante grande frente a él. Tocaba las teclas con una mano y cuando llegaba a una nota concreta, volvía empezar.

- Hola. – Dije cuando me encontré junto a él.

- Hola, chica grande que ya sabe leer. – Le sonreí y me senté a su lado. - ¿Sabes tocar el piano?

- No.

- Quiero aprender. – Se incorporó y se sentó igual que lo había hecho yo, con las piernas cruzada.- ¿Sabes cantar?

- ¿Quién no sabe cantar?

- ¿Susanita? – Asentí con la cabeza. – Canta hasta “cerca del radiador…”

Me daba un poco de vergüenza cantar con sus ojos azules abiertos como plato y mirándome tan atentamente. Cerré los ojos para no tener que ver sus ojos fijos en mí, aunque la sensación no desaparecía, sabía que me estaba mirando.

Susanita tiene un ratón

Un ratón chiquitín

Que come chocolate y turrón

Y bolitas de anís

Duerme cerca del radiador

Imitó el ritmo que le había puesto a la canción, con la misma velocidad. Me hizo repetir la estrofa a la vez que el tocaba la melodía con el piano.

- Sigue la canción.

Abrí los ojos para ver cómo se concentraba en tocar el piano y comencé a cantar como si eso lo hiciera todos los días.

Duerme cerca del radiador

Con la almohada en los pies

Y sueña que es un gran campeón

Jugando al ajedrez

Le gusta el futbol

El cine y el teatro

Baila tangos y rock'n roll

Y si llegamos y nota que observamos

Siempre nos canta esta canción

Repetimos la canción varias veces hasta que dejo de tocar el piano y yo le seguí dejando de cantar.

- Cantas muy bien. – Me dijo apoyando sus codos en las teclas del piano haciendo un ruido casi armonioso.

- Y tú tocas muy bien el piano. – Sonreí. – Sobre todo con el codo.

- ¿Quieres jugar a algo? – Me encogí de hombros. - ¿Quieres jugar a las princesas?

Entonces vi un cajón de donde salía una espada de madera y mi imaginación comenzó a fluir de alguna manera. Me levante y me acerqué al cajón.

- Oh podríamos jugar a que tú eras un joven inglés que había sufrido un naufragio y fuiste a parar a la isla donde los terribles piratas estaban buscando un tesoro. – Dije sacando la espada del cajón. Me apresuré a apuntar con ella a Daniel que sonreía mientras me escuchaba. – Pero los terribles piratas, no eran tan malos al fin y al acabo. – Levante la espada y la examine con la otra mano. – Ya que tenían como capitán a una joven chica, hija del recién fallecido capitán Garfio. – Señale el capitán Garfio que había en la colcha de la cama. – por culpa de un feroz cocodrilo terrestre.

- Ese juego suena más tentador. – Dijo poniéndose en pie y acercándose a mí. - ¿Y qué haréis cuando me encontréis?

- Mi tripulación querrá matarte, pero yo me negare, no temáis por eso. – Dije adoptando un vocabulario medieval.

" La tierra estaba húmeda y me costaba despegar los pies del suelo, andaba con dificultad. La playa era pequeña pero espaciosa. Vi a un chico sentado en la orilla. Salimos de la selva cambiando la textura del suelo. Ahora los pasos se hacían pesados. Mi tripulación y yo logramos llegar al chico que estaba en la orilla jugando con la arena.

- ¿Qué haces aquí? – Le pregunté cuando ya estuve lo suficientemente cerca para que pudiera oírme.

El chico rubio me miró, no estaba asustado, pero tampoco parecía muy tranquilo. Se puso en pie y mi tripulación dio un paso hacia delante con las espadas desenvainadas. Tendí un brazo para que entendiera que no pasaba nada y que todo estaba bien. El chico parecía desalmado.

- ¿Qué haces aquí? – Le repetí.

- No lo sé. – Dijo con seguridad. – Iba en un barco de vuelta a Inglaterra y… - Se encogió de hombros.

- “¿Qué hacemos con él, capitan?”

- Que venga con nosotros. – Dije lanzándole una rápida mirada de arriba abajo. – Puede sernos útil.

Miré hacia nuestro barco, junto a él ahora se encontraba otro barco desconocido. Tardé un poco en reaccionar cuando vi que comenzaron a saltar sobre nuestro barco. Desenvaine una de las espada que tenía en el costado y se la tendí al chico con la confianza de que no se volviera contra mí.

- ¿Sabes defenderte? – El asintió. – Smith ¿Dónde escondiste la barca?

- “Sígame capitán” – Le di la espalda al chico y comenzamos a seguir a Smith.

Tras una roca y bajo varias capas de hojas de palmera encontramos la barca que nos trajo hasta la orilla horas antes.

- Podría haberse currado más el escondite. – Dijo el chico.

- “Callese…" - Dijo uno de mis hombres alzando el puño.

- Tiene razón. – Dije.- Este sitio es muy visible. ¿Cómo te llamas? – Le pregunté por primera vez al chico.

- ¿Puedo elegir un nombre distinto al mío? – Entrecerré los ojos, este chico no estaba muy acostumbrado a jugar. Asentí. – Me llamo Fred.

- Bien, Fred. – Dije. – Me vendrá bien un chico inteligente en la tripulación.

Subimos a la barca y dos de mis hombres remaron lo más rápido posible. Una vez a los pies del barco Subimos con total sigilo hasta donde se encontraba el resto de mis hombres peleando contra los invasores. Desenvainé mi otra espada, la de mi padre, y me uní a la pelea. "

María entró en la habitación con una bandeja y Gloria la seguía muy de cerca. Daniel y yo nos quedamos con las espadas alzadas un tiempo. Gloria dejo escapar un par de carcajadas y Daniel y yo las soltamos casi al mismo tiempo.

- ¿De qué te ríes? – Le solté a Gloroa mientras María sonriente ponía la bandeja con los batidos en el escritorio de Dani.

- ¿A qué jugabais? – Preguntó María sentándose en la silla y tendiendo un vaso de batido de chocolate a su hermano. Luego me tendió a mi uno de vainilla.

- Ella era pirata y yo un inglés que había naufragado.

- Basura. – Dijo Gloria entre tos y tos.

- ¿Es que nunca te han concedido el deseo de divertirte? – Le pregunté mientras le daba un sorbo a mi batido de vainilla.

- No me divierte pegar al aire con una espada de madera.

- ¿Y qué cosas te divierten? – Preguntó Daniel cambiando el vaso de chocolate por una galleta.

- … - Se cruzó de brazos. Yo me senté en el suelo y Daniel me imito al instante.

- A mí me divierte hacer deporte. Cualquiera. Futbol, baloncesto, beisbol…- Dijo María mientras hacía girar la silla. – Usar la imaginación nunca ha sido mi fuerte.

- Eso es porque nunca has jugado con Lizzy. – Dijo Daniel. – Es como si su imaginación te contagiara. Prueba a jugar un día con nosotros. – María asintió sonriente.

Cuando terminamos de merendar salimos al jardín trasero, daba al pequeño bosque, pero una valla enorme nos separaba de él. Había una pequeña portería de futbol y una canasta pegado a la pared exterior de la casa, bajo la canasta había dos bicicletas y un triciclo. El jardín era más grande de lo que parecía desde la ventana. María sacó una pelota y propuso jugar al 1X2. Todos aceptamos incluso Gloria, que no parecía estar de acuerdo con nada que estuviera relacionado con el verbo “jugar”. El resto de la tarde se pasó muy rápido.

- Qué curioso es el tiempo. – Susurré cuando me senté en el asiento del copiloto del coche de mi madre. Miré por la ventana. Daniel estaba en la puerta de su casa despidiéndose con la mano. Me despedí de la misma forma hasta que el coche me hizo perderle de vista. – Que curioso.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Return: prólogo.

Return I
Hola, hola esnifadores de purpurina! Ayer hice una encuesta en twitter pidiendo que me ayudarais a elegir, hace tiempo que comencé esta historia en wattpad y me he propuesto continuarla en 2016. Sin embargo no es que tuviera mucha lectura en wattpad y no estaba segura si mis lectores del blog estarían dispuestos a leer una historia... tan... ¿"infantil"? 
En la encuesta de twitter finalmente a salido ganando, con muy poca diferencia, que se publique también en mi blog, intentaré publicar uno al mes, pero si no podéis con la curiosidad en wattpad esta hasta el capitulo Cinco. Un beso enorme y espero que disfrutéis de la lectura, a parte de que améis a mis criaturas, a los niños que hablan en mi mente sin mi permiso y que reclaman atención. Esos niños que me recuerdan cada día que tengo que seguir dando marcha a mi imaginación para que ellos puedan crecer en el mundo literario. Un beso enorme y espero muchos comentarios. Gracias esnifadores de purpurina, por ayudarme a tomar la decisión de publicarlo aquí. 

Prólogo. 


La ilusión del primer día de clase, si es que se puede llamar ilusión, era inexplicable. Me desperté tres horas antes que mi madre y puse toda la habitación en un desorden total hasta que encontré mi vestido de volantes azul, me lo puse y lo conjunté con un jersey blanco y mis viejas zapatillas, bastante bien conjuntado para tener siete años. Me plante frente al espejo y me observé pequeña, mi cabeza apenas llegaba a la mitad del espejo. Mi pelo estaba completamente despeinado y enredado. Cogí un cepillo y comencé, obviamente, a desenredarlo. Tres horas después mi madre se despertó y entró en mi dormitorio con la intención de despertarme, yo seguía desenredándome el pelo porque era muy torpe para eso.

- ¿Nerviosa? – Me preguntó mi madre restregándose la palma de ambas manos por los ojos.

- Un poco. – Le tendí el cepillo.

Mi madre lo cogió y le quitó algunos pelos que se habían quedado entre las púas. Abrió el armario y de un estante, demasiado alto para que una niña como yo pudiera coger cualquier cosa que se esconda ahí, sacó un spray que luego me echó en la cabeza. Comenzó a cepillar y hasta parecía que no le costaba tanto. A mí no me dolían los tirones, bueno no había tirones. Vi en el espejo el reflejo de mi madre concentrada en los enredos de mi pelo y luego me fijé en mí, me devolví la mirada y me di cuenta por primera vez de los ojos tan pequeños y tan marrones que adornaban mi pecosa cara. Ni comparación con los ojos grandes y verdes de mi madre.

- ¿Por qué el vestido azul? – Preguntó de golpe mi madre mientras se levantaba y guardaba el cepillo y el spray de nuevo en el estante.

- No sabía que ponerme y decidí mi vestido favorito. – Mi pelo liso parecía tener mejor aspecto después de haber pasado por las mágicas manos de mi madre. – No guardes el cepillo tan alto.

- Perdón. – Dijo recuperando el cepillo y colocándolo en el estante más bajo. – Para mí estas guapísima, pero demasiado arreglada para ir al colegio.

- ¿Arreglada? – Miré el reflejo de mis viejas zapatillas y de mi vestido. – Yo no me veo arreglada. El vestido esta ya bastante viejo para ser arreglado.

- ¿Viejo? Cariño ese vestido solo tiene tres años.

- Viejo. – Repetí. – No me lo voy a quitar.

- Como quieras.

Salimos de casa poco antes de que empezara el colegio estaba un poco lejos ya que vivíamos a las afueras de un pueblo demasiado grande para ser un pueblo, así que mi madre cogió el coche. Encendió la radio y buscó una de mis emisoras favoritas de música, pero a esas horas de la mañana estaban hablando de política. Mi madre dejo la emisora puesta aunque ni ella ni yo le estuvimos prestando atención. Estaba nublado y mientras que otros niños se quejaban por la lluvia que caían siembre de esas nubes a mí me gustaba. Eran los días en los que mi insistente padre no me llevaba al parque a la fuerza para que hiciera amigos. Los días de lluvia eran míos y siempre acababa en la biblioteca que mis padres habían situado en el ático. No era muy grande, pero debido a mi estatura y proporción, la biblioteca era lo suficientemente grande para dejarme asombrada. No sabía leer por tanto me limitaba a sentarme bajo la estantería y miraba los lomos de los libros, quería leerlos todos y contaba los días para aprender a leer. De ahí mis nervios por mi inicio en primero de primaria, donde los niños, por fin, empiezan a leer.

El recreo era la peor parte del día. En mi corto fragmento de vida había descubierto que hacer amigos no era precisamente mi don. Cuando dio lugar la media hora de descanso todos los niños salieron a correr y a hacerse con una pelota. No podía poner la excusa de ser nueva pues al ser el primer año de primaria todos éramos nuevos en mi clase. Una vez en medio del inmenso patio comencé a dar vueltas alrededor de una pista de baloncesto donde los niños jugaban al fútbol igual que hacían en la pista de fútbol. Seguí dando vueltas deseando volver a clase para seguir aprendiendo algo útil. En las tres primeras horas lo único que habíamos aprendido eran los nombres de los compañeros. Me senté en un banco que estaba libre y puse la mochila en mi regazo.

Observé como unas niñas saltaban a la comba mientras cantaban una canción. Me imaginé en el parque como todo los días soleados desde que tengo memoria. Con cuatro años vi a unas niñas haciendo exactamente lo mismo y les pedí a mis padres una comba, mi padre vio esa petición como algo positivo y en menos de dos días me regalo una comba. Salté cuatro o cinco veces con ella, luego no volví a tocarla. Suspiré. Todos parecían pasarlo bien, pero para mí era un aburrimiento.

- Profesora, Profesora. – Escuché una voz chillona a mi espalda.

Miré hacia atrás y vi una valla muy alta que separaba un patio de otro. Me puse en pie y camine hacia ella.

- Profesora, Profesora. – Volví a escuchar y busqué de donde procedía la voz.

A pocos metros de mi había unas niñas y un niño. Reconocí a una de las niñas, era mi compañera de pupitre. Me aprendí si nombre a la segunda hora. María Rubín. La chica alzaba un libro de cuentos, reconocí a Peter Pan en la portada. El niño, que se encontraba al otro lado de la valla alzaba los brazos y pegaba salto (Y de vez en cuando llamaba a la profesora a gritos). Me acerqué poco a poco. Las niñas salieron corriendo con el cuento y el niño se quedó al otro lado de la valla estirando los brazos inútilmente porque no iba a recuperarlo. Se sentó de espaldas a mí. Me acerqué un poco más hasta quedar justo detrás de él.

- Hola. – El joven no se dio la vuelta, pero hizo un gesto con la mano en modo de saludo. - ¿Sabes leer?

El joven asintió.

- Bueno… - Dijo. – Un poco.

Me senté de espaldas a él de forma que ambas espaldas estaban una seguida de la otra. Guardé silencio, no sabía que decir, esto no se medaba nada bien.

- ¿Y tú? – Preguntó el chico al cabo de cinco minutos.

- No.

- Mi hermana, tampoco. Esta celosa.

- ¿Por qué? – No entendía muy bien a donde iba a llevarnos esa conversación, pero no tenía otra cosa mejor que hacer.

- Porque yo soy más pequeño y hace un año que aprendí a leer.

- ¿Tu solo? – No respondió, pero sentí como asentía. – Yo siempre he querido aprender a leer, pero mezclo el sonido de todas las consonantes.

- Leer es fácil, mi hermana no sabe y por eso me quita los cuentos.

Abrí mi mochila, que había dejado junto a mí, y saqué mi cuento de mitología griega. Era mi cuento favorito, muchas veces mi madre me lo había leído antes de dormir y tenía unas ilustraciones fantásticas. No me cansaba de mirar esos dibujos en ocasiones incluso los intentaba copiar. Me giré un poco y pasé el libro entre los barrotes de la valla y lo deje junto al muchacho. Cuando lo cogió volví a darle la espalda y cerré los ojos escuchando como pasaba las primeras páginas e imaginándome que lo tenía delante.

- Es bonito.

- Puedes quedártelo. – Ambos guardamos silencio durante bastante tiempo. – He visto como esas niñas te quitaban el cuento de Peter Pan.

- La que me quitó el cuento fue mi hermana, lo recuperare cuando llegue a casa.

- De todas formas, puedes quedártelo. – Dije un poco apenada por desprenderme de mi libro favorito, pero una vez que se lo ofrecí no pude echarme atrás. – No lo leo mucho.

- Eso lo puedo entender. – Dijo riéndose un poco.

Un sonido bastante desagradable indicó el fin del recreo.

- Adiós, chica grande que no sabe leer. – Dijo poniéndose en pie.

- Adiós, chico pequeño que sí sabe leer. – Dije imitando sus movimientos.

Me giré para hacerle un gesto de despedida pero este ya se había marchado. Cogí mi mochila y volví a clase. Entré en la clase justo después que la profesora. Todos bajaron el tono de voz, cambiando los gritos por susurros demasiado altos, y se sentaron en sus respectivos sitios. Mientras me sentaba y sacabas mis cosas todo mis compañeros hacían lo mismo haciendo más ruido del debido y haciendo decir a la profesora "Shhh" de vez en cuando. María puso el cuento de Peter Pan encima de la mesa.

- Como ya nos conocemos todos. – Dijo la profesora. - ¿Qué os parece si empezamos repasando un poco los números?

Suspiré. Miré de nuevo el libro de Peter Pan que María tenia, ahora, bajo su estuche. La miré a ella.

- Es uno de mis cuentos favoritos. – susurré con intención de acercarme un poco más a ella.

María me miró un momento y luego siguió mi mirada hacia el cuento.

- Odio Peter Pan.

- Ah. – No era la respuesta que esperaba, guardé silencio.

- Y Tarzan, y Hércules…- siguió nombrando cuentos relacionados durante unos pocos segundos más hasta que la profesora le chistó para que se callara. Guardó silencio durante un rato y luego me miró. – El cuento no es mío.

- Lo sé.

- ¿Cómo que lo sabes?

La profesora nos volvió a llamar la atención amenazando con separarme de ella. Mantuvimos silencio durante el resto de la clase de “matemáticas”, si es que se puede considerar clases de matemáticas a repasar que el dos tiene forma de pato, el tres tiene dos barrigas y el cuatro es una silla. Comencé a copiar los números en mi cuaderno de anillas rosa. Odiaba el rosa, pero era el color favorito de mi madre y yo tenía que pagar con ello. Copie del uno al diez sin mirar a la pizarra, lo hacía tan mecánicamente que continué copiando hasta al vente sin darme cuenta.

Terminó las dos últimas horas y todos los alumnos del centro salieron corriendo de las aulas. Yo caminaba más despacito. María caminaba a mi lado.

- Mi hermano no deja de presumir.

- No tiene pinta de ser un presumido.

- Mi hermana es una celosa. – Dijo un niño rubio a nuestra espalda. Reconocí la voz.

- Cállate enano. – Dijo María dándole un empujón. El pasillo estaba desierto. - ¿Qué haces aquí arriba?

- Despiste a la profesora.

Se acercó a mí y me tendió un papel, fue en ese momento que me di cuenta que no era tan bajo como me había parecido la primera vez, me llegaba al hombro. Cogí el papel, estaba doblado cuatro veces, en su interior había letras.

- No sé leer. – Le recordé.

- Lo sé, cuando sepas, quiero que la leas.

Le dediqué una sonrisa y volví a doblar el papel. Lo guardé en el bolsillo pequeño de la mochila (rosa). Los tres fuimos en silencio, pero juntos, hasta la puerta principal del colegio.