lunes, 21 de diciembre de 2015

Return: prólogo.

Return I
Hola, hola esnifadores de purpurina! Ayer hice una encuesta en twitter pidiendo que me ayudarais a elegir, hace tiempo que comencé esta historia en wattpad y me he propuesto continuarla en 2016. Sin embargo no es que tuviera mucha lectura en wattpad y no estaba segura si mis lectores del blog estarían dispuestos a leer una historia... tan... ¿"infantil"? 
En la encuesta de twitter finalmente a salido ganando, con muy poca diferencia, que se publique también en mi blog, intentaré publicar uno al mes, pero si no podéis con la curiosidad en wattpad esta hasta el capitulo Cinco. Un beso enorme y espero que disfrutéis de la lectura, a parte de que améis a mis criaturas, a los niños que hablan en mi mente sin mi permiso y que reclaman atención. Esos niños que me recuerdan cada día que tengo que seguir dando marcha a mi imaginación para que ellos puedan crecer en el mundo literario. Un beso enorme y espero muchos comentarios. Gracias esnifadores de purpurina, por ayudarme a tomar la decisión de publicarlo aquí. 

Prólogo. 


La ilusión del primer día de clase, si es que se puede llamar ilusión, era inexplicable. Me desperté tres horas antes que mi madre y puse toda la habitación en un desorden total hasta que encontré mi vestido de volantes azul, me lo puse y lo conjunté con un jersey blanco y mis viejas zapatillas, bastante bien conjuntado para tener siete años. Me plante frente al espejo y me observé pequeña, mi cabeza apenas llegaba a la mitad del espejo. Mi pelo estaba completamente despeinado y enredado. Cogí un cepillo y comencé, obviamente, a desenredarlo. Tres horas después mi madre se despertó y entró en mi dormitorio con la intención de despertarme, yo seguía desenredándome el pelo porque era muy torpe para eso.

- ¿Nerviosa? – Me preguntó mi madre restregándose la palma de ambas manos por los ojos.

- Un poco. – Le tendí el cepillo.

Mi madre lo cogió y le quitó algunos pelos que se habían quedado entre las púas. Abrió el armario y de un estante, demasiado alto para que una niña como yo pudiera coger cualquier cosa que se esconda ahí, sacó un spray que luego me echó en la cabeza. Comenzó a cepillar y hasta parecía que no le costaba tanto. A mí no me dolían los tirones, bueno no había tirones. Vi en el espejo el reflejo de mi madre concentrada en los enredos de mi pelo y luego me fijé en mí, me devolví la mirada y me di cuenta por primera vez de los ojos tan pequeños y tan marrones que adornaban mi pecosa cara. Ni comparación con los ojos grandes y verdes de mi madre.

- ¿Por qué el vestido azul? – Preguntó de golpe mi madre mientras se levantaba y guardaba el cepillo y el spray de nuevo en el estante.

- No sabía que ponerme y decidí mi vestido favorito. – Mi pelo liso parecía tener mejor aspecto después de haber pasado por las mágicas manos de mi madre. – No guardes el cepillo tan alto.

- Perdón. – Dijo recuperando el cepillo y colocándolo en el estante más bajo. – Para mí estas guapísima, pero demasiado arreglada para ir al colegio.

- ¿Arreglada? – Miré el reflejo de mis viejas zapatillas y de mi vestido. – Yo no me veo arreglada. El vestido esta ya bastante viejo para ser arreglado.

- ¿Viejo? Cariño ese vestido solo tiene tres años.

- Viejo. – Repetí. – No me lo voy a quitar.

- Como quieras.

Salimos de casa poco antes de que empezara el colegio estaba un poco lejos ya que vivíamos a las afueras de un pueblo demasiado grande para ser un pueblo, así que mi madre cogió el coche. Encendió la radio y buscó una de mis emisoras favoritas de música, pero a esas horas de la mañana estaban hablando de política. Mi madre dejo la emisora puesta aunque ni ella ni yo le estuvimos prestando atención. Estaba nublado y mientras que otros niños se quejaban por la lluvia que caían siembre de esas nubes a mí me gustaba. Eran los días en los que mi insistente padre no me llevaba al parque a la fuerza para que hiciera amigos. Los días de lluvia eran míos y siempre acababa en la biblioteca que mis padres habían situado en el ático. No era muy grande, pero debido a mi estatura y proporción, la biblioteca era lo suficientemente grande para dejarme asombrada. No sabía leer por tanto me limitaba a sentarme bajo la estantería y miraba los lomos de los libros, quería leerlos todos y contaba los días para aprender a leer. De ahí mis nervios por mi inicio en primero de primaria, donde los niños, por fin, empiezan a leer.

El recreo era la peor parte del día. En mi corto fragmento de vida había descubierto que hacer amigos no era precisamente mi don. Cuando dio lugar la media hora de descanso todos los niños salieron a correr y a hacerse con una pelota. No podía poner la excusa de ser nueva pues al ser el primer año de primaria todos éramos nuevos en mi clase. Una vez en medio del inmenso patio comencé a dar vueltas alrededor de una pista de baloncesto donde los niños jugaban al fútbol igual que hacían en la pista de fútbol. Seguí dando vueltas deseando volver a clase para seguir aprendiendo algo útil. En las tres primeras horas lo único que habíamos aprendido eran los nombres de los compañeros. Me senté en un banco que estaba libre y puse la mochila en mi regazo.

Observé como unas niñas saltaban a la comba mientras cantaban una canción. Me imaginé en el parque como todo los días soleados desde que tengo memoria. Con cuatro años vi a unas niñas haciendo exactamente lo mismo y les pedí a mis padres una comba, mi padre vio esa petición como algo positivo y en menos de dos días me regalo una comba. Salté cuatro o cinco veces con ella, luego no volví a tocarla. Suspiré. Todos parecían pasarlo bien, pero para mí era un aburrimiento.

- Profesora, Profesora. – Escuché una voz chillona a mi espalda.

Miré hacia atrás y vi una valla muy alta que separaba un patio de otro. Me puse en pie y camine hacia ella.

- Profesora, Profesora. – Volví a escuchar y busqué de donde procedía la voz.

A pocos metros de mi había unas niñas y un niño. Reconocí a una de las niñas, era mi compañera de pupitre. Me aprendí si nombre a la segunda hora. María Rubín. La chica alzaba un libro de cuentos, reconocí a Peter Pan en la portada. El niño, que se encontraba al otro lado de la valla alzaba los brazos y pegaba salto (Y de vez en cuando llamaba a la profesora a gritos). Me acerqué poco a poco. Las niñas salieron corriendo con el cuento y el niño se quedó al otro lado de la valla estirando los brazos inútilmente porque no iba a recuperarlo. Se sentó de espaldas a mí. Me acerqué un poco más hasta quedar justo detrás de él.

- Hola. – El joven no se dio la vuelta, pero hizo un gesto con la mano en modo de saludo. - ¿Sabes leer?

El joven asintió.

- Bueno… - Dijo. – Un poco.

Me senté de espaldas a él de forma que ambas espaldas estaban una seguida de la otra. Guardé silencio, no sabía que decir, esto no se medaba nada bien.

- ¿Y tú? – Preguntó el chico al cabo de cinco minutos.

- No.

- Mi hermana, tampoco. Esta celosa.

- ¿Por qué? – No entendía muy bien a donde iba a llevarnos esa conversación, pero no tenía otra cosa mejor que hacer.

- Porque yo soy más pequeño y hace un año que aprendí a leer.

- ¿Tu solo? – No respondió, pero sentí como asentía. – Yo siempre he querido aprender a leer, pero mezclo el sonido de todas las consonantes.

- Leer es fácil, mi hermana no sabe y por eso me quita los cuentos.

Abrí mi mochila, que había dejado junto a mí, y saqué mi cuento de mitología griega. Era mi cuento favorito, muchas veces mi madre me lo había leído antes de dormir y tenía unas ilustraciones fantásticas. No me cansaba de mirar esos dibujos en ocasiones incluso los intentaba copiar. Me giré un poco y pasé el libro entre los barrotes de la valla y lo deje junto al muchacho. Cuando lo cogió volví a darle la espalda y cerré los ojos escuchando como pasaba las primeras páginas e imaginándome que lo tenía delante.

- Es bonito.

- Puedes quedártelo. – Ambos guardamos silencio durante bastante tiempo. – He visto como esas niñas te quitaban el cuento de Peter Pan.

- La que me quitó el cuento fue mi hermana, lo recuperare cuando llegue a casa.

- De todas formas, puedes quedártelo. – Dije un poco apenada por desprenderme de mi libro favorito, pero una vez que se lo ofrecí no pude echarme atrás. – No lo leo mucho.

- Eso lo puedo entender. – Dijo riéndose un poco.

Un sonido bastante desagradable indicó el fin del recreo.

- Adiós, chica grande que no sabe leer. – Dijo poniéndose en pie.

- Adiós, chico pequeño que sí sabe leer. – Dije imitando sus movimientos.

Me giré para hacerle un gesto de despedida pero este ya se había marchado. Cogí mi mochila y volví a clase. Entré en la clase justo después que la profesora. Todos bajaron el tono de voz, cambiando los gritos por susurros demasiado altos, y se sentaron en sus respectivos sitios. Mientras me sentaba y sacabas mis cosas todo mis compañeros hacían lo mismo haciendo más ruido del debido y haciendo decir a la profesora "Shhh" de vez en cuando. María puso el cuento de Peter Pan encima de la mesa.

- Como ya nos conocemos todos. – Dijo la profesora. - ¿Qué os parece si empezamos repasando un poco los números?

Suspiré. Miré de nuevo el libro de Peter Pan que María tenia, ahora, bajo su estuche. La miré a ella.

- Es uno de mis cuentos favoritos. – susurré con intención de acercarme un poco más a ella.

María me miró un momento y luego siguió mi mirada hacia el cuento.

- Odio Peter Pan.

- Ah. – No era la respuesta que esperaba, guardé silencio.

- Y Tarzan, y Hércules…- siguió nombrando cuentos relacionados durante unos pocos segundos más hasta que la profesora le chistó para que se callara. Guardó silencio durante un rato y luego me miró. – El cuento no es mío.

- Lo sé.

- ¿Cómo que lo sabes?

La profesora nos volvió a llamar la atención amenazando con separarme de ella. Mantuvimos silencio durante el resto de la clase de “matemáticas”, si es que se puede considerar clases de matemáticas a repasar que el dos tiene forma de pato, el tres tiene dos barrigas y el cuatro es una silla. Comencé a copiar los números en mi cuaderno de anillas rosa. Odiaba el rosa, pero era el color favorito de mi madre y yo tenía que pagar con ello. Copie del uno al diez sin mirar a la pizarra, lo hacía tan mecánicamente que continué copiando hasta al vente sin darme cuenta.

Terminó las dos últimas horas y todos los alumnos del centro salieron corriendo de las aulas. Yo caminaba más despacito. María caminaba a mi lado.

- Mi hermano no deja de presumir.

- No tiene pinta de ser un presumido.

- Mi hermana es una celosa. – Dijo un niño rubio a nuestra espalda. Reconocí la voz.

- Cállate enano. – Dijo María dándole un empujón. El pasillo estaba desierto. - ¿Qué haces aquí arriba?

- Despiste a la profesora.

Se acercó a mí y me tendió un papel, fue en ese momento que me di cuenta que no era tan bajo como me había parecido la primera vez, me llegaba al hombro. Cogí el papel, estaba doblado cuatro veces, en su interior había letras.

- No sé leer. – Le recordé.

- Lo sé, cuando sepas, quiero que la leas.

Le dediqué una sonrisa y volví a doblar el papel. Lo guardé en el bolsillo pequeño de la mochila (rosa). Los tres fuimos en silencio, pero juntos, hasta la puerta principal del colegio.

3 comentarios:

  1. AY, yo empecé una historia en Wattpad hace poquito. Es un simple experimento, pero me hace ilusión jaja
    Ahora te leo por Wattpad.
    Un besito.

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  2. Luuu ....me gusta al menos me ha enganchado y espero impaciente segundo capítulo por este tu blog.Bs

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  3. Luuu ....me gusta al menos me ha enganchado y espero impaciente segundo capítulo por este tu blog.Bs

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