lunes, 21 de marzo de 2016

Capitulo 3: Misión cumplida.

CAPITULO ANTERIOR: El azul es mi color favorito.

Capitulo 3.
Misión Cumplida.

Terminé de hacer los deberes que la profesora nos había mandado y sigilosamente salí de mi habitación. Caminé de puntillas por el largo pasillo hasta las escaleras del ático. Subí el primer peldaño y luego me salté el segundo pasando directamente al tercero. Entonces escuché una voz, y me quedé quieta, esperando a que la voz cesara, pero no ceso. Era la de mi padre.

- ¿Bueno y que hacemos entonces en navidad? – Cada vez la escuchaba más cerca, pero luego comenzó alejarse de nuevo, pero mi padre ya no hablaba, chillaba. – ¡Yo intentando que mis días de descanso coincida con la navidad, para pasarla con ustedes y ahora… - Se quedó callado, supuse que estaba hablando por teléfono. – Bueno. – Siguió diciendo. – Aún queda mucho para Navidad… Sé que necesitamos el dinero, pero es una niña y es el único día que pasamos la familia al completo… inténtalo, por favor… gracias….Yo también te quiero. – Me quedé mirando la puerta de la habitación de mis padres. El pomo comenzó a girarse y me apresuré a subir las escaleras lo más rápido que pude sin importarme el ruido que hacía.

Fui directa al sofá donde había dejado “El principito” y me senté a leer. Me quedé mirando el dibujo de la boa que se había comido a un elefante y me sentí muy mal, porque yo seguía viendo un sombrero, pese a que había leído que era una boa que se había comido a un elefante. A simple vista el dibujo era un sombrero, pero claro ¿Quién puede imaginar que es la silueta de una boa con un elefante dentro? Según este libro, un niño, pero yo era una niña y no lo había imaginado así, para mí era un sombrero. Eso no podía verlo un simple niño, si no tan solo el niño que hizo el dibujo.

— “¡Por favor… píntame un cordero!”- leí en voz alta y me reí. Seguí leyendo para mí misma hasta la siguiente vez que el principito hablo. — “¡No importa…píntame un cordero!”

— ¿Lizzy? – Sé que me puse roja como un tomate al escuchar la voz de mi padre. ¿Me habrá escuchado leer en voz alta?

— Sí. – Dije cerrando el libro, con la misma horquilla que la otra vez.

— Te estaba buscando. ¿Cuándo has subido? – Mi padre asomó por la trampilla y me dedicó una sonrisa. - ¿Qué haces aquí encerrada? ¿Has visto que buen día hace?

— Quería leer un poco. –dije alzando el libro del principito.

— Lizzy, para eso siempre hay tiempo. ¿Has terminado los deberes? – Asentí. – Genial vamos al parque, vístete.

— Papá, no quiero ir. – dije quejándome. – No me gusta el parque, no me gustan los bichos, no me gusta el césped.

— ¿Te gusta el ser humano? – me preguntó sin moverse del sitio.

— ¿A qué te refieres con ser humano?

— Sociedad. – dijo mi padre señalando la trampilla. – Niños. Jugar. Hacer amigos.

— Tengo amigos. – dije sin moverme del sofá.

— ¿Consigo que salgas al exterior si recogemos a Daniel antes de ir al parque? – me puse de pie de inmediato. - ¿Eso es un sí?

Baje las escaleras de la trampilla pasando junto a mi padre. Él bajo a toda prisa detrás de mí y me cogió en volandas y ahora es cuando recuerdo porque había tenido tanto cuidado al salir de mi habitación. No quería salir a la calle, no quería ir al parque y sabía que mi padre, acabaría por llevarme si se enteraba que había terminado los deberes.

- ¿Qué me dices? – dice bajando las escaleras que daban a la entrada. - ¿Llamamos a Daniel?

- Papá, llama a Daniel, pero déjame en el suelo.

- Que sosa eres, Lizzy. – me dejo en el suelo y se agacho para estar a mi altura. – Al menos dime que de mayor amaras el rock and roll.

- No puedo decir que me guste, mamá no me deja escuchar música escandalosa.

- Mamá es un infierno. – dice cruzándose de brazos y poniendo cara de morritos. Me hace gracia y me rio.

Mi padre me cogió el chaquetón del perchero, que está demasiado alto. Me lo puse y salí corriendo hacia el coche. Me senté en el asiento del copiloto y mi padre me abrochó el cinturón. Hace dos o tres años que aprendí a ponerme el cinturón yo solita, pero mi padre se empeñaba en ponérmelo él. Me pregunté si cuando tuviera dieciocho años y fuera una adulta insistiría en hacerlo. Me reí y él me miró sonriente. Se sentó en el asiento del conductor.

- Veras que bien nos lo vamos a pasar, Lizzy. – Arrancó el coche y puso la radio. Iba a proponer que pusiera la emisora que me gustaba escuchar, pero él cambio a otra emisora. – Rock.fm. – dijo sonriente. – No sé lo digas a mamá.

Era un solo de batería, sabia reconocer el sonido de una batería. Luego se le unió una guitarra, luego un bajo y finalmente un chico cantando en inglés. Instintivamente comencé a mover la pierna derecha al ritmo de la batería y sin darme cuenta mis dedos también estaban siguiendo el ritmo. Mi padre me miró y me dedicó una sonrisa.

- ¿Te gusta? – Asentí y no mentía, me gustaba. – Es una buena versión de “Guns for Hire”, pero no es la original. Esta versión es de un grupo llamado Firerock, son buenos, pero son unos nenazas.

- Papá no entiendo nada de lo que me estás hablando. – Le dedicó una sonrisa a la carretera y luego me acarició el pelo con su mano derecha.

- ACDC. – Se limitó a decir. – Los mejores.

Guardamos silencio el resto del trayecto hasta la casa de Daniel. Mi padre salió del coche para llamar a la puerta. Le abrió el padre de mis amigos y se quedaron charlando unos minutos, luego mi padre se giró y me saludo. Daniel salió corriendo de la casa hacia el coche. Corría hacia mí, hacia la ventana.

- ¿A qué vamos a jugar hoy? – Me preguntó con los ojos como platos.

- No lo sé. – Dije encogiéndome de brazos. – Ya se me ocurrirá algo, las cosas son más divertidas si no se planifican.

Mi padre corrió hasta le coche.

- Sube al coche campeón. – Le dijo Daniel.

- Vale. – Dijo este y abrió con dificultad la puerta trasera. Se subió.

- Ponte el cinturón. – Le ordené.

- Hecho. – Dijo al instante.

- Perfecto. – Dijo mi padre volviendo a poner la radio. La canción que rompió el silencio ya estaba empezada. Esta canción era mucho más tranquilita que las que habían escuchado antes de llegar a casa de Daniel. Me gustaba.

- Nirvana. – Dijo Daniel.

- ¿Conoces el grupo? – Mi padre le miró de reojo. Vi por el espejo, como Daniel asentía. – Me encanta este chico. – Dijo poniendo su enrome mano en mi pequeña rodilla. – Me gusta los amigos que haces.

- A mí también. – Le dije sonriente.

Poco después llegamos al parque. Había un grupo de niños jugando con un balón y algunas niñas en el arenero. Cuando entramos en el parque resoplé, miré a Daniel que me miraba atentamente con los ojos muy abiertos.

- ¿A que vamos a jugar? – Me preguntó.

- David, el oloroso. – Dije. – Ha robado una Gema historica del museo de Marie Ferson.

- ¿El museo de enfrente? – Asentí.

- Tenemos que encontrar esa Gema. – Dije sonriente. –Pero nadie sabe quiénes somos.

- ¿Y quiénes somos?

- Agentes secretos, Dani, agentes secretos.

- Entonces no puedes decir mi nombre de verdad.

- Tienes razón agente Z. – le dije sonriente.

- Empecemos agente B.

- ¿B? - Pregunté un poco confusa.

- De bonita. – Me reí.

Salimos del museo de Marie Ferson, había oscurecido. Miré al compañero que me habían asignado. El agente Z, observaba la entrada con total atención. Me acerqué a él.

- ¿Alguna pista? – negó con la cabeza. - ¿Si fueras un ladrón que harías?

- Escalaria el edificio más cercano.

- Hay dos, uno a cada lado. – Observé. –Si elegimos el edificio equivocado, perderemos tiempo. – El agente Z se llevó una mano a la barbilla. – Tenemos que separarnos. – Asintió.

- Yo subo el edificio de la derecha tú al de la izquierda.- Asentí y le di la espalda.

Di vueltas al edificio. ¿Por dónde empezaría? Entonces encontré una escalera que iba a una de las ventanas. Satisfecha, subí. Que fácil había sido. Entre en la ventana, la habitación estaba vacía y no había rastro de que hubiera nadie, de hecho, parecía una apartamento abandonado. Caminé despacio, atenta a todo los rincones, cogí mi pistola de mi cintura y apunté a la nada, por si acaso. No había nada en todo el apartamento. Me asomé a otra ventana. El ladrón ha tenido que huir por aquí. Una tabla de madera unía esta ventana con la de enfrente. Llamé al agente Z, pero no daba señales de vida. ¿Estaría en peligro? Volví a la ventana principal y observé. Vi al agente Z desde allí, acababa de salir de una de las puertas del edificio. Miré mi reloj y con los rayos de sol reflejados en él, conseguí que me prestara atención. Con gestos le dije que subiera hasta allí. No tardo ni cinco minutos.

- Agente Z, se ha tenido que marchar por aquí. – Dije señalando la otra ventana.

- En el otro edificio no había rastro del ladrón.

Ambos nos acercamos a la ventana por donde había escapado el ladrón. El agente Z puso un pie en la tabla con cuidado, con el mismo cuidado puso el otro pie. Me tendió una mano y se la agarré con fuerza. Puse un pie con miedo. Él dio un paso hacia adelante sin soltarme la mano. Yo puse el otro pie y le seguí. Llegamos a la otra ventana más rápido de lo que me había imaginado. La ventana era de una habitación de una chica adolescente, había muchos posters de grupos de música y tenía las paredes de color rosa chicle. La habitación estaba desordenada, pero un desorden normal en el cuarto de un adolescente.

- ¿Crees que este desorden lo ha causado el ladrón? – preguntó el agente Z.

- No, mi dormitorio comparte el mismo desorden. – dije levantando una camiseta blanca que había sobre la colcha rosa chillón.- Odio el rosa.

- Tu camiseta es rosa. –miré mi camiseta, efectivamente es rosa.

- Madres. – dije un poco desanimada. Escuchábamos atentamente el silencio que se vio interrumpido por un fuerte estruendo, como una caída.

Corrimos hasta la siguiente ventana. Un chico vestido de negro había caído en un cubo de basura. Estaba en el segundo apartamento, se nos estaba escapando.

- Es él. – dijo el Agente Z.

- Que astuto. – dije con un poco de ironía.

Me agarré a la tubería y me deslicé hasta el suelo. El agente Z hizo la mismo. Una vez en el suelo le miré.

- Ha ido hacia la derecha. – dijo correspondiendo a la mirada.

Corrimos por las calles siguiendo una silueta negra hasta que llegamos a un callejón sin salida. Cogí la pistola de mi cintura de nuevo, no recordé haberla guardado. El agente Z hizo lo mismo y ambos apuntamos a la silueta negra.

- ¿Dónde está la gema? - preguntó el agente Z.

- ¿Para qué quiere un enano como tu una gema? – Una voz femenina surgió de atrás nuestras .Agente Z se giró. Yo no me moví, seguí apuntando con mi pistola al ladrón. – Suelten las armas, yo también estoy armadas.

- Suéltala tú. – dijo el agente Z.

Nos quedemos así un rato. El agente Z, apoyó su espalda en la mía. Yo apuntaba al ladrón, él apuntaba a la chica, que aún no había visto, y ella le apuntaba a él. Me comenzaban a sudar las manos. Estaba cada vez más nerviosa y los segundos se me hacían eternos.

- Suelten las armas. – Repitió la voz femenina.

- No. – dijo el agente Z. Estaba muerta de miedo, sentía como si en cualquier momento mis manos fueran a temblar tanto y pudiera quedar desarmada. Respiré hondo varias veces hasta lograr tranquilizarme.

- David. – Dijo la voz femenina. – Vete, la chica no se atreverá a dispararte.

Entonces me giré y apunté a su mano. Disparé. Ella gritó de dolor y dejo caer la pistola. El agente Z corrió hacia el arma de la mujer y yo volví apuntar al ladrón. Volví a sentir la espalda del agente Z tras la mía. Eso me hacía sentir segura.

- Bien. – dije, me costaba respirar, pero parece que no se había notado en mi voz. Tomé aire y escupí una amenaza. – David, deja la gema en el suelo y ve a buscar al médico si no quieres convertirte en un paciente en estado grave.

David dejo la gema en el suelo y salió corriendo pasando por mi lado. La mujer seguía quejándose de dolor y maldecía en voz alta. David no se paró ante ella, salió corriendo y la dejo atrás. Di pasos sigilosos y muy atentos a todo lo que pasaba alrededor, sin despegar la vista de la mujer, aunque el agente Z se estuviera ocupando de ella no me fiaba. Cogí la gema y me la guardé en el bolsillo.

- ¡David! – chilló la mujer apretándose la mano derecha, donde yo le he disparado, con la izquierda. - ¡David, vuelve! – pero David ya estaba muy lejos para escucharla.

El agente Z, sacó sus esposas del bolsillo trasero de su cinturón. Y se acercó a la mujer para esposarla. Tomó su mano herida con cuidado y le colocó las esposas en sus delgadas muñecas. Me acerqué a mi compañero y le puse una mano en el hombro.

- ¿Tienes la gema? – Me preguntó haciendo levantar a la chica. Asentí. – Misión cumplida.


Daniel me alzó la mano con los cinco dedos extendidos, puse mi mano sobre la suya haciendo sonar una palmada. De repente estábamos en medio del parque, frente a los columpios. Miramos el único columpio que quedaba libre.

- Si quieres puedes montarte tu y yo te empujo… - me invitó Daniel. Negué con la cabeza. - ¿Te columpias tu sola?

- No. – busqué a mi padre con la mirada, pero no lo encontré. – Vamos a los toboganes, allí podemos subir los dos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

¿Podrías proporcionar un poco de purpurina a este blog? Deja tu comentario y no olvide despedirte con una...
¡DOBLE RACIÓN DE PURPURINA!